Llevamos ya tres meses del año y para mí recién siento que comienza el 2025. Nada tiene de malo el volver a empezar, pero que miedo se siente cuando no puedes sujetar con ambas manos tu estabilidad. El invierno fue duro, de los peores, se perdió vitalidad, amor, amistad y la posibilidad de tocar lo que más amo en el mundo, aunque todo fue momentáneo. Mi mirada estaba puesta en febrero, porque no soporto el mes de enero y eso que se me da muy bien lo de fijar metas, las cosas completas, nada por la mitad, la disciplina y el amor, sin embargo, marzo inició y yo no sabía donde había dejado el corazón. Para mi fortuna llegó la primavera, al menos mis manos frías disfrutaban del calor y floreció una cuarta parte de lo que planté en mi interior, mi corazón de pollo seguía en sus manos y los abrazos de los que amo nunca me faltaron. Nunca había sido tan sensible y eso que yo lo siento todo, el café de las mañanas, las flores que mi mamá siempre pone en la sala, la novela que lleva un año en mi buró, lo que a diario pido y no recibo, las jacarandas y mi canción favorita, el color de mis uñas, mi película preferida, los besos, el mar y la copa de vino tino de los fines de semana y de uno que otro lunes; todo, absolutamente siento todo y nunca, nunca, nunca fui tan sensible como el día que mi diestra y mis ojos no dejaban de llorar, ni nunca más humana como los días posteriores a ese incidente. Perdí la cuenta de las plegarias al cielo, de las veces que quería las cartas a mi favor, de la mucha melancolía que iba en mis zapatos y que la ropa no me combinaba como usualmente suele hacerlo; de un día para otro mi umbral del dolor era cada vez más alto y los sollozos formaban parte de mis medicamentos diarios. Simplemente era así, hasta el día en que mis manos se unieron de nuevo. De la noche a la mañana dije “no más” y eso me fue suficiente para no volver a fallarme nunca más. O al menos eso es lo que espero.
“Agradecer hasta lo que no se dio”.
