Hay heridas que no nombramos por miedo a que duelan como la primera vez y justo después de pronunciarlas en voz alta, no sabemos que hacer con tanto eco, si huir, volver a callar o tomar todas esas emociones que vienen por delante, aunque no sepamos ni por donde comenzar. Nada viene en un orden o desorden, algo he aprendido de eso, llega para ser vivido y habitado, aterriza en nosotros para un sentido propio, entra a sembrar la semilla, pero a nosotros nos toca que hacer que florezca. Muchas de nuestras preguntas no tienen respuesta, porque todas las respuestas son posibles o porque simplemente no hay una repuesta para nosotros, dejemos de luchar por encontrarle a todo una explicación, hay veces que no tenerla, es poseer todo un mundo de posibilidades y que dicha alojarse en la más tranquila. Llegué para vivir el frío cuando aún era verano y sin protestar demás, un día ya era otoño; fui paciente con la mudanza, externa e interna, con las luchas y mis emociones, con la sabiduría, las cosas que no sé y las que me tocó aprender, fui valiente en las madrugadas y mucho más en las mañanas, donde mi cuerpo pedía un respiro, aprendí a dárselo, aprendí a dármelo. No soy la mejor comunicando lo que me duele, pero con nudos en la garganta me expresé con los que amo. Aún no le he dado espacio para el duelo de quien se fue, porque espero que no se vaya del todo, pero lloré hasta que me cansé para no ahogarme mientras dormía. Así, sin más, cultivé mi espacio, mis días y mis rutinas, me regalé mis propias flores y ya no juzgué cuando las cosas llegaban fáciles, también nos merecemos la comodidad; dejé de planear los viajes para disfrutar lo que venía por delante y volé hasta el norte para no quedarme con las ganas de nada. Poco a poco fui creando mis mil formas de no ahogarme, porque con todo y que no se vivir en lo álgido, siempre tuve lo cálido, para que lo único frío, como siempre, fueran mis manos.
“Vive las preguntas. Y algún día sin que te des cuenta estarás viviendo las respuestas”.
