Un día la poesía me encontró y no me quiso soltar, ni yo a ella, ambas empezamos cada quien por su camino y ahora nos pasamos las noches de insomnio en la misma cama. Un día me moví de lugar y no sabía si lo que había dejado en casa me esperaría para cuando decidiera dejar de volar; tomé varias carreteras, las madrugadas me eran interminables, llegaban y llegaban personas a instalarse en el sofá de mi departamento y yo seguía llorando cada invierno por no poder ver ese lugar como mi hogar. El año en que el encierro comenzó fue un alivio para mi alma, pero mi cuerpo no podía dejar de trasladarse hacia otro lugar, íbamos y veníamos con la esperanza de que hubiera brazos que nos sostuvieran, sin embargo ese amor cada vez se encontraba más frío, con miedo tuvimos que migrar donde nos dieran calor y nos invitaran a seguir volando, mucho más alto que un rascacielos. La incertidumbre con frecuencia atacaba mi mente y aunque la vida me obligó por primera vez a quedarme en un sitio, ni con la luz más cálida que recibía todos los días, se me iluminaba el camino. Se dormía poco, se esperaba mucho, no había con quién conversar, las palabras se acumulaban en la garganta, la oscuridad estaba en vuelta en lágrimas, existía quien decía llamarse amor pero últimamente no nos lo daba. No había cariño, no había amistad, no había un futuro, ni probablemente un hogar, no había dirección, ni días de primavera para festejar, un día todo se quebró, pero ahí fue donde decidimos volver a comenzar. Así dejamos de huir, de forzarnos a tomar un camino para pensar con claridad y le preguntamos a nuestra alma que era lo que tanto quería; me respondió que calma, que no necesitábamos mucha vida en movimiento, sólo lo suficiente para encontrar un lugar donde echar raíces y ver nuestra vida florecer, así fue como decidí que la vida se me quedara en ceros para darle el cien, no le rogué a quien se quiso ir, a quien no escribió tampoco volví a escribirle, le compré una base a mi cama para que mis sueños ya no fueran sobre el suelo, corte las cuerdas que pesaban el doble de lo que cargaban y eché las semillas en aquellas tierras que se quedaron solas, dispuestas a ser plantadas. Un día dejé de huir, eché raíces, me regué todos los días y crecieron flores de mis heridas. Ahí me di cuenta, estaba sanando.
“She blooms wild and burns bright”.
