Un día quise ser del viento, del mar, del sol y de sus pupilas, siempre quise ser parte de todo eso que no me llamaba, de las flores que se marchitan, de los otoños y de los inviernos cuando nací en primavera, quería ser de quien no me soltara en pleno vuelo y de quien calmara mis miedos, de las historias que me contaba en mi cabeza, de otras lenguas, de otras tierras, quería ser todo eso que venían gritando detrás de mí que fuera, eso y muchas cosas más. Mucho de lo que me sostenía empezó por esfumarse, mis partes rotas se esparcieron de persona en persona hasta que cada uno tomó la versión que más le convino (o no) de mí. Me harté de pretender que no me dolía, que las heridas no cerraban y que incluso hasta había una que otra nueva, dejé de huir del pasado, de los malos ratos, de la tristeza, del desastre y los días lluviosos, en algún momento sólo fui yo con mi sombra y mi luz, me quede quieta, sola y en paz, le di cabida a todo eso que nos dicen que no debemos sentir, conté cada uno de los pedazos faltantes, platiqué mis logros y abracé mis comienzos, me di tiempo de conocer mi historia sin excusas, sin puntos apartes, me di ese momento para ser y sentir. Empecé a dejar de huir de mí, y de todo lo que conlleva serlo, entendí que muchas veces para sanar nos toca atravesar las cosas, nos toca atravesar(nos) por completo, nos toca no dejar las cosas a medias, los sentimientos no dichos, los prejuicios y el qué dirán, nos toca perdonarnos por cada error, nos toca ser valientes. Siempre quise ser de todos lados, menos de mí, hasta que entendí que para pertenecer, no necesitaba ser de nadie más que de mí misma.
“Remember, some things have the end for better things to begin”.
