Cenizas.

Un día me hice cenizas y me esparcí tanto que ya no podía volver a renacer de entre ellas, mis partes volaron y no se encontraban unas con otras, no veía un volver pero lo peor es que tampoco se observaban rastros de mí, se quedó el vacío, la oscuridad, los largos caminos sin direcciones y mis planes cortados por la mitad, todo se esfumó como si no hubiera existido nunca y pasé a formar parte de la nada, o eso era lo que yo creía. Al día siguiente me levanté como si aquello hubiese sido un sueño, fingí que estaba bien y hasta me pareció ver mi sonrisa en el espejo, conviví evitando las miradas, comentarios y preguntas acerca de la que yo consideraba mi tragedia, todo estaba a medias aunque los demás me presenciaban completa y eso sólo yo lo sabía. Las semanas transcurrieron acompañadas de mi caos interior, decidí abrirme con las personas a mi alrededor porque sentía que terminaría ahogándome en un mar interminable de miedos y fracasos, no obstante parecía que no lograba ser entendida o más bien nadie quería entenderme, personas me exigían tener una respuesta sin escribir las preguntas, fui juzgada, acorralada y obligada a sentir un positivismo que no me rodeaba en absoluto y que hace un mes me había dejado, con una persona me desborde sin quererlo pero me dejo llorar aunque lo empapara de mi desastre emocional y otra más me abrazo antes de dormir. Nadie más se detuvo a preguntarme, ni abrazarme y mucho menos a besarme, me dejaron huir con todo lo malo, ignoraron mis mensajes de ayuda y muestras de cariño, muchas veces no se tiene a nadie más que a uno mismo, pero para ese entonces, yo ni siquiera me encontraba. Llegó el día en que el cielo me concedió un momento para mí, me senté entre la oscuridad y prendí la vela que decía “amor”, saqué la hoja del cajón que llevaba ignorando por casi dos meses y la volví a leer con determinación, lloré, ore, grite y volví a llorar, leí unas líneas acerca del futuro, de mí y unas acerca de los que ya no nos acompañan, tenía un sentimiento irreconocible, grande, lleno de mucho poder y luz, de la nada decidí prenderle fuego a eso que ya no me servía y que no formaba parte de mí, decidí que yo sola tenía que volver a empezar pero lo más importante, tenía que reconocer lo que quería. Desde que empecé a cambiar de lugar, a moverme mucho para donde no me seguían los de mi alrededor, comprendí que yo estaba llamada a ser diferente, que aunque hubiera escogido el camino de muchos, no me llenaba lo que a todos, que no me podía conformar con un sólo sueño, ni con lo simple o lo más deseado, desde siempre supe que tenía que escoger el camino contrario para ser feliz, pese a que se me nuble por momentos la mente y quiera la solución en las manos nunca voy a encontrar lo quiero sino busco dentro de mí, sino aprendo a pedir por ello y ahí entendí que muchas veces no nos toca renacer de entre las cenizas, tal vez nos toca aprender a ser fuego, nos toca arder por lo que queremos reinventarnos.

“Esta ceniza ya está dispuesta a ser de nuevo pájaro”.

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