
Desde hace cinco años las tardes de verano pasaron a ser recuerdo en vez de momentos esperados, primero un tanto fríos a pesar del sol, después con toques de paz pese a tu ausencia tan presente. Me gustaba tu manera de ser valiente y sostener que todo estaba en calma, las mil veces que reías al borde de algo que al principio era desconocido para todos nosotros y la forma en que buscabas mi voz al despertar de esas noches con angustia, los no te preocupes que pregonabas con ritmo llegaron para llevarse mi fe hasta el cielo, pero la vida y el destino de lo divino decidieron por encima de nuestros deseos y para la noche siguiente donde velaba tus sueños, ahí tu vida terminó. Los días pasaban y a la vez se frenaban con tu partida, eran como baldes de agua fría constantes en mi cabeza y un agujero oprimía mi pecho como si fuera a devorarme, las lágrimas corrían como ríos que quieren alcanzar los mares y la pena de vivir la vida parecía no merecerla. Para no sentir dolor, volé para encontrar otro mundo y para mi sorpresa me topé con un lugar que se asemejaba a mi hogar y que prometía serlo, con metas e intereses en común, con gustos afines y peculiares, con gente que supieron ser familia, pero más allá de todo, me encontré a mí mismo con un duelo superado. Aun cuando la tranquilidad abunda en mi ser, los viajes en carretera se sienten como si algo me faltara, por más que el universo me regala una felicidad absoluta, te extraño con todo y tus abrazos. Extraño entrar a nuestra casa y verte por la ventana de la cocina con tu sonrisa de oreja a oreja, tus pláticas, consejos y tu simple compañía, para serte honesto mis miedos después de ti eran tus últimas palabras y que tal vez no pueda cumplir las expectativas que todos tienen sobre mí, pero tu inexistencia física me enseñó también, que no quiero tapar una sombra con otra, lo que en realidad quiero hacer es poner mi sombra junto a la tuya, porque nadie es dueño de nadie y así entendí que aunque me diste la vida, estabas prestado para mí en este mundo. Perdón por mis días de quiebre, las distancias, los paseos sin regreso y las horas lejos de casa, pero mucho de eso me sirvió para poder ser yo contigo, con todos y conmigo, y te prometo lo que tanto anhelabas que te prometiera, prometo hacer feliz a la gente sin dejar de ser feliz yo primero y te espero en cada alegría del día, donde más me haces falta, donde no te olvido.
“¿Quién dice que el pasado pesa más que el porvenir?»
