
Tu mano toca mi hombro y mis pies se descoordinan, mi corazón está negado pues acaba de cerrar la herida del visitante anterior y son demasiadas las suturas, pero en un abrir y cerrar de ojos mis sentimientos de nuevo quieren volver a reclamar lo que aún no es suyo pero que saben que en cuestión de días estará a mi lado. Lo sé porque tus sentimientos son tal cual ventanas abiertas y eso me gusta hasta cierto punto. Me pongo un tanto nerviosa porque no estoy acostumbrada a esto, es demasiada simpleza pero por irónico que suene me llena por completo, me gusta que todo lo que soy se exprese por sí sólo, me gusta resaltar de entre el grupo pero no por creerme, simplemente porque lo que soy basta y sobra en aquel lugar. Llevo días ordenando el moño y no queda, las botas me pesan y el peinado que nunca me hago se deshace en un dos por tres, mis lentes enfocan aquel pasillo blanco con mucha luz, el ruido de la maleta me descontrola y espero en la entrada unos cuantos minutos. Tu compañía me consuela y complementa pero esto está muy mal, demasiado mal. Lo que serían minutos fueron horas y la casa se encuentra tan fría y vacía, las lágrimas inundan mi chaqueta azul y sé que nada está bien porque no estás a mi lado, no te importa porque no veo interés, porque quizá ya no me quieres tanto o tal vez, me quieres demasiado, en una cantidad tan grande que no puedo manejarla. Mis cambios de humor son naturales, ya sé que soy bastante explosiva y frágil, odio este santiamén de sentimientos pero tú tampoco colaboras, no me das seguridad ni control y una vez más termino por desesperarme. Los días van pasando con una tranquilidad inmensa que hasta me gustaría estar aquí por siempre, pero eso es meramente inquietante. Y una vez más termino agarrando mi maleta como las veces anteriores, me seco las lágrimas, tomo mi frasco de cristal con té y reinicio mi vida casi normal, normal con dolor y sabor agridulce. Pasan los meses y el dolor se convierte en palabras, poesías y en un gracias presente. Se vuelve tan natural que me gusta que mi alma exploté. Y no quiero volver a encontrarte otra vez, prefiero dar la vuelta y negar lo que fue. No quiero volverte a oír, no quiero correr el riesgo, a lo mejor me equivoco y si hablamos yo vuelvo a caer. Entre sueños, una voz familiar aparece, la escalera de caracol me marea y tomo mi maleta para huir de nuevo. La voz con tono de maldad y ternura la detiene y grita, «Deja de hacerlo, deja de huir de lo que sientes, deja Daniela de ser la desparecida y enfrenta lo que tus emociones han creado». Y yo no hago otra cosa más que llorar y reconocer que es verdad. Es verdad. Maldigo el episodio, lo peor es que yo fui quién lo escribió. Si me solté de ti, sino te defendí, si te alejé de mí, si te fallé y me fui. Perdón. Perdón por no hacer caso de mis emociones, por no tener la fuerza en ese entonces para defender lo que siento, para ir detrás de ti y tomar tu mano, fuerte muy fuerte. Perdón por nunca aclarar las cosas ni decir lo que siento. Perdón por desaparecer. Sé que estoy mejor sin ti, se que va a cuidarme el tiempo y si me caigo no importa me paro y empiezo otra vez. De ahora en adelante no estoy dispuesta a irme sin antes escuchar, sin pensar, sin saber que no tengo por qué dar una explicación, los sentimientos no se justifican, simplemente se enfrentan. No estoy dispuesta a ser el fantasma de nadie, no quiero ser su silencio, porque el silencio no existe. Sólo existe lo que evitas escuchar.
«¿Cómo puede doler algo que no tienes?».
