Una máquina de escribir sobre mi piel.

Las paredes a mi alrededor son blancas, muy blancas y brillantes, hacen contraste con mi alma que se encuentra oscura y sin vida, aún no he aprendido a cambiar las bombillas para que cada espacio vuelva a iluminarse, la escalera se encuentra en una esquina junto con el pincel y la pintura a modo de tinta china que aún no sé cómo usarla. Por debajo de la almohada las lágrimas corren y corren y yo dejo que salga hasta la más pequeña gota para posteriormente cambiar la batería por una nueva antes de irme a dormir. Por la mañana me paro frente al espejo y me sonrío, tomo un baño con agua caliente y decido sacar esa falda amarilla de lo más profundo del armario que no me he atrevido a poner, desenvuelvo las balerinas doradas y me coloco mi top negro favorito, esponjo mi pelo mucho más de lo normal y pongo a juego mi labial color uva con la piedra amatista que diario adorna mi cuello. Empiezo por quitar las mantas y abrir las ventanas, desempolvar la mesa y limpiar el piso, me trepo a la escalera con todo y el miedo que le tengo a las alturas y empiezo a colgar sobre el cable de color ocre, los focos con la luz más intensa que pude encontrar. El final del pasillo lo adorna un cactus con piedras color azul turquesa que yo misma pinte y en la mesa he colocado el jarrón de cristal con muchos girasoles porque son mis flores favoritas. La máquina de escribir y las hojas de papel ya se encuentran colocadas y en un abrir y cerrar de ojos mis dedos ya recorren rápidamente cada tecla de ella. En un momento en el que el té se enfría, salgo a tomar aire al final de la calle, un único faro en la esquina ilumina toda la cuadra pero es perfecto para que yo lo vea. Es hermoso, la tinta es muy fina y apreciable, los trazos son al estilo airbrush y puedo ver que son unos toques un tanto muy personales. Sin pensarlo me acerco y pregunto, me explica de una manera tan detallada y hermosa que me convence de intentarlo. Corro de regreso, tomo la máquina de escribir y tecleo D a n i e l a. Es momento de que recuerdes quién eres, de dónde vienes, dónde estás y hacia dónde vas. Al día siguiente ya me tiene todos los bocetos y planos que por un momento hasta me da miedo y quiero abortar la misión. La cita es el sábado temprano, es tanta mi emoción y terror juntos que mi desayuno queda a medias. En mi mente no existe otra palabra más que «dolor» y cuando escucho sonar las agujas, hasta brinco. Empieza colocando la plantilla mientras los trazos son muy finos y cortos, estoy demasiado concentrada en el ruido que no me había dado cuenta que las zonas de dolor son soportables y por momentos el miedo desaparece, pasa media hora y necesita sólo el retoque. Cuando la sesión termina, necesito dos minutos para recobrar mi equilibrio, me pongo de pie y corro al espejo. Lo observo primero con mucha delicadeza, la tinta es muy marcada y cada letra es perfecta, después levanto la vista para toparme con mi mirada del otro lado del espejo y me recuerdo que esto nunca debe ser por moda, porque las modas pasan, un día te gustan, al día siguiente no, esto es algo que debe ser muy tuyo, algo que puedas mirar, apreciar y que te motive a continuar, algo que sea más que una parte de tu cuerpo, algo que sea parte de tu vida y de tu alma. Es mi ideal, soy yo, es como si una máquina de escribir pasara sus teclas sobre mi piel. Es como si alguien me estuviera recordando lo que soy y lo que valgo, lo que puedo dar, lo que tengo y lo que tendré, es como si alguien me estuviera recalcando que no debería tener miedo de ser quien soy. Es una manera de recordarme a mi misma que soy mucho más que mi nombre de pila.

«Las palabras debilidad y arrepentimiento ya no entran más en mi vocabulario».

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