Manos al aire.

Entre las páginas de mi alma te he dejado una carta, escrita con mi mejor tinta. No sé por dónde empezar, ni siquiera sé si debo pedirte disculpas o darte las gracias, supongo que es un poco de ambas. Que ironía que alguien te haga daño de la misma forma en que te quiso y lo peor es que todavía no te has dado cuenta. Entre la oscuridad de aquel lugar con una simpleza extrema, demasiada gente a nuestro alrededor para mi gusto, donde los tambos de metal casi podría jurar que bailaban al son de la música y las pocas luces que existen no sabes si son para iluminarte o encandilarte. Una, dos, tres y quizá diez vueltas, en un abrir y cerrar de ojos ya te encontrabas a unos cuantos centímetros, con esa sonrisa única donde se introducen tus encantadores hoyuelos en la comisura de tus labios y que en ese preciso momento encajaron perfecto con los míos. No me preguntes por favor, porque honestamente no lo sé. No sé porque no lograba encontrar una respuesta que después se convirtió en un «No», porque creí que era lo correcto tal vez, a lo mejor porque yo sentía que contigo no acoplaba aunque nuestras manos entrelazadas se veían muy bien o quizá simplemente porque me dio miedo enamorarme de ti. ¡Maldita sea! No lo sé, te juro que no lo sé. Sin embargo, aunque mi voz pronunciaba no, mis labios y mis manos decían que sí y tú lo sabías. ¿No lo ves? No soy de las que quiere que alguien las salve, pero tú eras mi superhéroe favorito, reconozco lo que soy y no soy pero contigo mi nombre completo pasaba por alto, soy complicada y difícil a veces pero para mí, tú eras lo más sencillo de este mundo. Después lo que empezó siendo pena con gotas de ternura, dulzura y el clásico coqueteo se fue a un paso de amargura y algo cotidiano, muy casual y sin remordimiento. Jueves me levanto, me duele la cabeza, la cruda que me pesa, la física inmoral, el caballero de la noche desaparecido y yo casi llamándole a gritos, justo a tiempo cuando llegó mi orgullo a rescatarme. Soy un trapo hasta el espejo me reclama y ya no tengo nada, nada, se pasan los minutos y sigo sin nada, ¿De qué me sirven tantos juegos de miradas? Si aquí nadie se toca si nadie hace nada. Y es que si ya tenías una razón de sobra con nombre y apellido ¿Por qué aún así pides más? ¿Qué querías de mí? ¿Qué te da el derecho de una noche llevarme al cielo y al día siguiente hacerme sufrir? Y al consultarlo con mi almohada encuentro la respuesta, claro que no tienes el derecho y yo no tengo porque dártelo. No tengo porque ser una noche sí y a la mañana siguiente un no, no tengo porque dejar que disfrutes y te diviertas con mis besos a la luz de la luna y cuando salga el sol convertirme en un fantasma, en el fantasma de mi compañía. Yo no creo en intermedios, lo soy todo o nada y creo que lo mejor para mi alma en estos casos ser nada significa todo. Frío, vértigo y soledad de este juego que llamamos vida. Por eso hoy pongo mis manos al aire, te dejo que vueles si tú quieres sin retorno, sin penas ni remordimientos, te libero de mí, de mis males, de mi mal genio, de los domingos por la tarde en donde nunca puedo más, del odio que le tengo a los pasteles, de no saber como hacer para que no pronuncies mi nombre completo sólo por hacerme enojar. Te libero de mi desengaño, de tu karma, de mis novedades, de la contradicción que represento. Te libero de mis mensajes que te saben a autocompasión, de mis enredos, de mi cabello suelto, largo, sin peinar. Te libero de mi consciencia, de mi locura y mi mundo de maravillas, de mi fanatismo por los tés, del desconcierto a fin de mes, de la caída, de la llegada, de mi huida inevitable. Te dejo libre para que me dejes, para que me veas lejos y me quieras…menos.

«Él cerraba todas mis heridas con una de esas sonrisas (con hoyuelos) que paran hasta el reloj».

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